viernes, 7 de octubre de 2011

Breve semblanza de Vicente Iborra Soto por Miguel Guardiola Fuster

  
Las familias Lledó e Ivorra son de las más tradicionales y antiguas de la Nucia. En ellas está entroncado el teniente de la Guardia Civil Bautista Ivorra Lledó, teniente Canet, (La Nucia, 1855-Valencia, desconocida) laureado militar de la Guerra de Cuba, abuelo de Vicente Soto Iborra, el escritor al que están dedicadas estas notas biográficas y literarias.

El teniente Canet, en 1898, finalizada la guerra de ultramar, embarcó para la Península en el “Satrustegui”. El vapor “Patricio de Satrustegui” fue construido en 1890 para la British India S.N. con el nombre de “Tara”, y botado el 11 de noviembre de 1899. Su primer viaje lo inició el 2 de febrero de 1890 en la línea Londres-Suez-Batavia-Brisbane. En diciembre de 1893 lo compró la Cía. Trasatlántica Española poniéndole el nombre de “Patricio de Satrustegui”, reformándolo de modo que podía transportar 89 pasajeros en 1ª clase, 54 en 2ª, 75 en 3ª y 952 emigrantes, destinándose a la línea de Filipinas. En 1898 pasó a transportar tropas y municiones para el apostadero de Cavite y repatrió soldados de Santiago de Cuba. En 1927 fue desguazado en Génova.

A bordo de este vapor arribó a Santander Bautista Ivorra Lledó, el 10 de septiembre de aquel año, y emprendió viaje a la Vila Joiosa. El teniente Canet casó con Magdalena Eiviz con quien tuvo diez hijos: Juan, Ricardo, Manolo, Nicolás, Joaquina, Amelia, Concha, Magdalena (Manina), Isabel y Elvira. El teniente de la Guardia Civil llegó a la Nucia y acondicionó la casa comprando diez camas y otros enseres ante el pasmo de sus paisanos. Con el tiempo se trasladó a Valencia empleándose, casualmente, en una fábrica de tejidos llamada “La isla de Cuba”.

Vicente Soto Iborra es hijo de Isabel Ivorra Eiviz y nieto mayor del teniente Canet. Nació en Valencia, en la calle Santa Teresa, 35. Cursó el bachillerato en el Instituto Luis Vives, excepto dos años que pasó en un colegio de Utiel. En su época de estudiante perteneció a la FUE, el sindicato socialista de los estudiantes, y al grupo de teatro El Búho. Combatió en la guerra civil española en el frente de Madrid más de año y medio y en las trincheras de la Moncloa, siempre de soldado raso. Si bien no sufrió cárcel fue un estudiante marcado, un perdedor. Cursó Derecho en la Universidad de la calle La Nave, en Valencia, carrera que terminó y que no ejerció nunca. En aquellos años ganó un premio oficial de teatro, y la comedia infantil, Rosalinda, fue representada en Viveros, en el teatro Apolo y luego en el María Guerrero de Madrid.

Ante las escasas perspectivas de trabajo que le ofrecía Valencia marchó a Madrid y allí tuvo una vida bohemia. Compartió tertulia con Bueno Vallejo, García Pavón y otros escritores en el café Lisboa. Trabajó de auxiliar administrativo en una oficina de una Mutua Sanitaria. En 1948 publicó un libro de relatos, Cuentos humildes, vidas humildes, que se vendió a 14 pesetas. No obstante, en el Madrid de la postguerra no conseguía salir adelante y en 1954, casado ya con Blanca, su mujer, embarcó para Londres convenciendo al aduanero que iba a aprender inglés y le estamparon en el pasaporte la prohibición de trabajar, sin embargo a los pocos días estaba fregando platos en un restaurante del Soho, ascendiendo enseguida a secretario del restaurante, “empleo desconcertante que no sabía que existía”. Durante su ida y regreso de casa a la oficina, en el metro, tomaba a diario notas en una libreta que luego los fines de semana a a limpio a mano, luego a máquina. Así escribió La zancada. La mandó al Nadal y lo ganó. “La noticia me dejó turulato”. Escribiendo novelas, ejerciendo de traductor de español e inglés y colaborando en el servicio internacional de la BBC pasó la vida y ahora, retirado de estos menesteres, descansa en la capital londinense.

Se define de demócrata, solitario y tímido. Escribe alejado de camarillas y corrientes, de modas, de los escaparates de novedades y de las presiones de las editoriales, lo cual no ha coartado su labor literaria plena de premios y distinciones. Aunque confiesa que sus escritores favoritos son Faulkner, Proust, y Kafka, sea dicho que la técnica narrativa de Vicente Soto tiene su referencia más evidente en el modelo de Gabriel Miró, tal vez más dinámico pero con las mismas impresiones sensoriales.

Su obra por la que ha sido reconocido en el mundo literario, La zancada (premio Nadal 1966), es una narración inspirada en el paso de la niñez a la adolescencia, ambientada en Utiel –Alcidia en la ficción-, pueblo donde estudió dos años. Su trabajo literario se muestra en Vidas humildes, cuentos humildes (Madrid, 1948); La prueba (1968), premio “Gabriel Miró”; Bernard, uno que volaba (1972); El gallo negro (1973), figuración de la vida de un emigrante rural de Cuenca a Valencia; Casicuentos de Londres (Premio Novelas y Cuentos 1973), relatos inspirados en la existencia de irlandeses, negros, turcos y españoles expatriados en la capital inglesa; El girasol (Premio Hucha de Oro 1974; Cuentos del tiempo de nunca acabar (incluido El girasol, 1977); Una Canción para un loco (finalista del Premio Plaza y Janés, 1986); Luna creciente, luna menguante (1993); Tres pesetas de historia (1983), son narraciones de la guerra civil; Pasos de nadie (1991); Cuentos de Aquí y de Allá (2000), Mambrú no volverá (2001, Premio de la Crítica Literaria Valenciana 2001), reconstruye una etapa crítica de un joven, que experimenta durante un verano los primeros sobresaltos de la adolescencia en un ambiente aldeano de la España agraria del primer cuarto de siglo, y cuyas muchachas encuentran el mayor estímulo en pasear por la estación para ver pasar los trenes y soñar con otros destinos.

En 1974, tras publicar Casicuentos de Londres, Vicente Soto fue incluido en el Panorama de Narrativa actual española organizado por la Fundación Juan March, junto a Francisco Ayala, Torrente Ballester, Camilo José Cela y Juan Benet http://www.march.es/conferencias/anteriores/.

En 2001 recibió el Premio Lluis Guarner que le fue entregado por la subsecretaria de la conselleria de Cultura y Educación, Carmina Nácher, en un acto académico celebrado en la Biblioteca Valenciana, quien destacó que es “un reconocimiento a la labor callada de Soto desde el exilio”. Ese mismo año fue creado unos galardones para reconocer la trayectoria de intelectuales, artistas y científicos de la Comunidad Valenciana: “Valencianos del mundo. I Premio de las Artes y de las Ciencias”. En su primera edición premió a seis distinguidas personalidades: Vicente Soto, Lola Cardona, Amparo Rivelles, Manuel Valdés, Vicente Rubio y Luis Antonio García Navarro. Ante la presencia de 300 invitados, presididos por Eduardo Zaplana, por entonces presidente de la Generalitat Valenciana, fueron homenajeados en el transcurso de una cena en el Museo Thyssen Bornemisza, de Madrid. Entregó el premio Consuelo Ciscar y fueron los hijos del homenajeado, Vicente e Isabel, quienes recibieron el premio. Vicente Soto, desde su residencia londinense, hizo llegar su agradecimiento: “el premio es un inmenso motivo de alegría porque viene de las gentes de mi tierra”.

En 1986 quien esto escribe recibió una misiva suya, en respuesta a una precedente mía, desde Londres. En ella el escritor afirmaba que sabía que su abuelo, a quien no conoció, estuvo en la guerra de Cuba, donde “nació mi madre, como los más de sus hermanos; fueron once en total. Y añade: “Y, créame, ahí termina mi información. Siempre quise saber algo más, mucho más y quise preguntar a mis tíos y a mi madre. Preguntas de ésas que uno va aplazando por falta de oportunidad un día que ya no queda nadie que podría contestar”. En el párrafo siguiente añade: “Ni siquiera, si le soy sincero, sabía yo que mi abuelo Juan Bautista fuese de La Nucia, pueblo en el que yo pasé unas semanas, un verano cuando tenía quizá doce años. Tengo un recuerdo muy agradable de aquellos días y también muy impreciso”.

El cronista le envió el libro La Nucia, apuntes para la historia, del que ha dicho: “Le agradezco mucho el envío de su libro, que hasta aquí sólo he ojeado y que encuentro muy interesante. Se lo digo sinceramente (la referencia al bandolerismo y las notas folclóricas me interesan especialmente)”. Remata la carta: “Sólo me falta rogarle que, si algún día consigue dar término a esa biografía de mi abuelo, recuerde que me gustaría conocerla”. Así lo hicimos. No pasó mucho tiempo cuando le remití La Nucia, gentes de antaño, donde reseñaba las andanzas de su abuelo. El trato se fortaleció con epístolas, pláticas telefónicas y nuevos envíos de libros, trabándose empatía entre el premiado escritor y el cronista de la que se siente gozoso y cumplido.

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